Privacidad, intimidad y redes sociales

Acabo de casarme. Si hace cinco años me hubieran dicho que iba a escribir esta frase en un blog de acceso público, me hubiera reído a carcajadas. Hoy, sin embargo, me es absolutamente indiferente compartir una noticia que, además del evidente cambio en mi estado civil, ya ha pasado por cientos de ojos en Twitter y Facebook.

Ha sido esta circunstancia personal la que me ha llevado a reflexionar sobre cuánto han cambiado los límites de privacidad e intimidad por la irrupción de las redes sociales. El uso cotidiano de las redes nos hace cada vez ser más tolerantes con la cantidad de información que estamos dispuestos a que conozcan los demás.

Siguiendo con el ejemplo personal: cuando me uní a Facebook, apenas compartía fotos, no quería tener más amigos que los que realmente me acompañan en el día a día y me parecían marcianos aquellos que osaban a comentar alguna cuita de corte más o menos personal con sus 250 ¿mejores amigos?. Hoy soy yo quien lo hace -sí, me han visto vestida de novia- y ya tengo entre mis contactos de Facebook a gente muy querida pero también a otros con las que tengo un trato apenas tangencial. He sucumbido.

Las redes sociales han exacerbado el punto exhibicionista y también, cómo no, el voyeur que (casi) todos llevamos dentro. Por más que nos cueste reconocerlo, incluso a nosotros mismos.

La cuestión es que seamos nosotros quienes pongamos el límite entre la información de carácter privado que sí queremos compartir con el público y lo íntimo, lo que no queremos que vean los demás voyeurs. Para evitar sorpresas desagradables.

Revisar con periodicidad los filtros que mantenemos en redes como Facebook -que ya parece un depositario inocente de información pero que es, no lo olvidemos, una empresa cuyo mayor valor son nuestros datos e información personales- es una buena idea, como también lo es no revelar en las redes ninguna información o pensamiento que pueda ponernos en una situación comprometida, por ejemplo, en el trabajo. Esto es, control tecnológico y autocontrol.

Mención aparte merecen los menores. Queda por discernir cómo será la huella digital que irán conformando las generaciones que hoy enseñan alocadamente su intimidad en sus perfiles de las redes. Sería recomendable que padres y educadores conocieran qué es lo que hacen los niños y adolescentes en Internet y que les enseñaran el sentido común también en el mundo virtual.

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