#Soyperiodista

Cuando empecé a trabajar como periodista, en nuestra redacción ya había ordenadores, pero ni siquiera Internet. Era un periódico pequeño. No teníamos el sacrosanto Google para documentarnos al instante (tantas veces erróneamente) sobre cualquier tema o persona, sino que levantábamos el teléfono o preguntábamos a los compañeros. No nos promocionábamos en las redes sociales, sino que nuestro trabajo se iba conociendo por cómo escribíamos, por lo que contábamos, por cómo preguntábamos, por cómo trabajábamos.

Ha llovido un poco desde entonces. La profesión atraviesa una profunda crisis. Los despidos, cuando no los cierres, se suceden en casi todas las redacciones de medios escritos y audiovisuales. La semana pasada sin ir más lejos, el consejero delegado de uno de los conglomerados de comunicación más potentes del país les comunicó a sus empleados un terrible ERE y señaló como posibles perjudicados por esa salida a los periodistas mayores de 50 años con escaso perfil en redes sociales. Como nota curiosa, cabe destacar que la persona que les reprochaba la edad física y el anacronismo digital va camino de los 70 y no tiene presencia en ningún entorno 2.0. Cosas de la vida.

Culpar a los periodistas que no terminan de adaptarse a la revolución de Internet es absurdo en un momento en el que lo que cae estrepitosamente es el negocio y el propio prestigio de la profesión.

Por un lado, los periodistas, como todos los creadores, están (estamos) sometidos a un entorno en el que muy pocos creen en el pago por creación. Conocemos de sobra la problemática de la piratería en la cultura, pero, ¿qué pasa con la gratuidad de los medios en Internet? ¿Cómo dar marcha atrás cuando hemos ofrecido un ‘todo gratis’ cegados por la marea de visitantes a nuestras páginas web sin al final haber obtenido resultados económicos beneficiosos?

Si fuera posible dar marcha atrás y cobrar por contenidos, ¿quién estaría dispuesto a pagar? El desprestigio del periodismo, al que una corriente de opinión identifica con el poder, y el auge de la comunicación ciudadana, que cuenta y retuitea a través de redes sociales lo que ve de forma compulsiva y sin filtros, hacen suponer que no hay mucho público interesado, de entrada.

No me considero en condiciones de aportar soluciones, aunque sí puedo enlazar algunas vías que he venido observando en la red en los últimos tiempos:

  • La fórmula de socios o de cooperativa: Es la puesta en marcha por eldiario.es o máspublico. Periodistas que comprometen parte de sus ingresos y que buscan inversores (pequeños en su mayoría) para montar sus proyectos. En el ámbito regional andaluz, un buen ejemplo es el proyecto Sebuscanperiodistas o iniciativas como cordopolissevilladirecto. Mención aparte merecen, en lo audiovisual, los compañeros de historiasdeluz y su original proyecto netamente andaluz.
  • El pago por contenidos: Ejemplos de ello son kioscoymas o el orbyt.
  • El pago por aparecer en una noticia: Algunos medios se apuntan al lanzamiento de comunicados de empresa, sin filtro y previo pago. Es una práctica no exenta de polémica porque mezcla el periodismo con la publicidad y, sin advertir, puede ser deshonesta con el lector.

Lo positivo es que, aunque suframos una profunda crisis, algo se mueve en la profesión, con mayor o menor acierto. No nos deben dar por muertos todavía. La asociación de la prensa de Sevilla ha lanzado estos días un interesante hashtag para demostrar el orgullo de ser quienes somos: #Soyperiodista. La plataforma Change.org nos ofrece la oportunidad de manifestarnos a favor de la continuidad de medios de comunicación o en contra de despidos de compañeros.

Ojalá que, más pronto que tarde, encontremos una salida viable al futuro de nuestra profesión. Hay mucho en juego. Permítanme repetir lo que ya se ha convertido en un mantra para quienes creemos en la prensa libre: Sin periodistas no hay periodismo, sin periodismo no hay democracia.

P.S. Se agradecerán los comentarios que incluyan enlaces de blogs, webs y cualesquiera otras iniciativas de periodistas, sean andaluces o no.