Privacidad, intimidad y redes sociales

Acabo de casarme. Si hace cinco años me hubieran dicho que iba a escribir esta frase en un blog de acceso público, me hubiera reído a carcajadas. Hoy, sin embargo, me es absolutamente indiferente compartir una noticia que, además del evidente cambio en mi estado civil, ya ha pasado por cientos de ojos en Twitter y Facebook.

Ha sido esta circunstancia personal la que me ha llevado a reflexionar sobre cuánto han cambiado los límites de privacidad e intimidad por la irrupción de las redes sociales. El uso cotidiano de las redes nos hace cada vez ser más tolerantes con la cantidad de información que estamos dispuestos a que conozcan los demás.

Siguiendo con el ejemplo personal: cuando me uní a Facebook, apenas compartía fotos, no quería tener más amigos que los que realmente me acompañan en el día a día y me parecían marcianos aquellos que osaban a comentar alguna cuita de corte más o menos personal con sus 250 ¿mejores amigos?. Hoy soy yo quien lo hace -sí, me han visto vestida de novia- y ya tengo entre mis contactos de Facebook a gente muy querida pero también a otros con las que tengo un trato apenas tangencial. He sucumbido.

Las redes sociales han exacerbado el punto exhibicionista y también, cómo no, el voyeur que (casi) todos llevamos dentro. Por más que nos cueste reconocerlo, incluso a nosotros mismos.

La cuestión es que seamos nosotros quienes pongamos el límite entre la información de carácter privado que sí queremos compartir con el público y lo íntimo, lo que no queremos que vean los demás voyeurs. Para evitar sorpresas desagradables.

Revisar con periodicidad los filtros que mantenemos en redes como Facebook -que ya parece un depositario inocente de información pero que es, no lo olvidemos, una empresa cuyo mayor valor son nuestros datos e información personales- es una buena idea, como también lo es no revelar en las redes ninguna información o pensamiento que pueda ponernos en una situación comprometida, por ejemplo, en el trabajo. Esto es, control tecnológico y autocontrol.

Mención aparte merecen los menores. Queda por discernir cómo será la huella digital que irán conformando las generaciones que hoy enseñan alocadamente su intimidad en sus perfiles de las redes. Sería recomendable que padres y educadores conocieran qué es lo que hacen los niños y adolescentes en Internet y que les enseñaran el sentido común también en el mundo virtual.

Los quince segundos de periodismo

Escribo estas líneas el 22 de marzo de 2012, cuando un suceso espeluznante ha conmocionado a Francia y a medio mundo, el terrible asesinato de unos niños en una escuela del sur del país a manos del que ha sido ya tildado como “el asesino de Toulouse”.

Tenemos aquí un buen ejemplo de viralidad en las redes sociales. La retransmisión en directo, minuto a minuto, por Twitter de la localización, el cerco y el posterior asalto de la vivienda del asesino ha sido un ejemplo de cómo dentro de (casi) todo tuitero vive un  periodista frustrado. Olvidando, sin embargo, en muchos casos, una regla de oro del periodismo: la necesidad de contrastar.

Así las cosas, Merah, que así se llamaba el sujeto, se ha pasado la mañana siendo capturado o muriéndose sin haberse muerto hasta que se ha muerto de verdad. Una vez que se ha muerto de verdad, mi time line me ha devuelto cientos de tuits informándome. No es que siga yo a muchos periodistas franceses (ni siquiera hablo francés), es que una gran parte de las personas a las que sigo han caído en la tentación de reportar la noticia, como si estuvieran dando una primicia periodística.

Yo misma me he visto en esa situación muchas veces. Es difícil sustraerse de esa sensación de que tienes algo valioso que compartir en las redes: un artículo o un dato original, una noticia que crees que otros no tienen (aunque tus seguidores probablemente ya la conozcan)… Especialmente con los avances tecnológicos que permiten a cualquier ciudadano seguir las ruedas de prensa en directo desde su equipo informático, por streaming.

¿No me creen? Sigan, por ejemplo, el hashtag #CMin  cualquier viernes a mediodía, a la hora en la que Soraya Sáenz de Santamaría informa de los asuntos del Consejo de Ministros. Verán cómo, junto a los periodistas que están sentados en la rueda de prensa tuiteando a la vez que siguen la intervención de la vicepresidenta, hay muchos esforzados ciudadanos que van consignando lo que dice sin que nadie se lo haya encargado ni lo espere ni mucho menos les pague por ello. Por vocación.

No seré yo quien discuta esa afición. Me limito a comentarlo y a reseñar que, quizá, de los quince minutos de fama que esperaba Warhol que deparase la televisión hemos pasado a los quince segundos de periodismo. El tiempo que se tarda en lanzar un tuit.